La noche había llegado, las calles desiertas pobremente iluminadas por las farolas, las aceras y el asfalto húmedos por la lluvia intermitente de todo el día, y las luces de las viviendas poco a poco se apagaban, dando el inicio al sueño de la ciudad.
Algunos transeúntes cambiaban de acera al amparo de la poca luz de estas evitando así el oscuro callejón. Los comercios de la esquina con las verjas cerradas y maniquís dormidos en sus incomodas posturas cerraban los ojos a lo que dentro de el mismo sucedía. Nadie oía ni veía nada.
Agachada detrás de un cubo de desperdicios, una bonita niña de unos ocho años de edad se refugiaba de la espeluznante sombra. No lloraba, ni se movía, por miedo a ser descubierta y ser la siguiente víctima. Un instinto de supervivencia le decía dentro de su pequeña cabeza que debería permanecer escondida, oculta, aunque estaba segura de que sentía su presencia. Si conseguía mantenerse lo suficientemente callada, tendría una oportunidad de salir viva de aquella situación. Sus ojos abiertos por el pánico, observaban cada movimiento de la danza de muerte que se bailaba ante ella. Los alaridos de terror, las suplicas de la víctima y los gemidos de dolor entraban por cada poro de su piel haciéndola estremecer.
Sabía que no podía hacer nada más que estarse muy quieta y callada bajo las sombras. Con sus delgados brazos alrededor de sus rodillas y con la espalda pegada a la pared se mantenía alerta. Ni el olor a putrefacción, ni la humedad que la rodeaba la nublaban sus sentidos, no sentía ni frío ni nauseas, tan solo miedo. Deseaba que terminara lo que estaba sucediendo ante sus inocentes ojos, a sabiendas del resultado final. Pero albergaba la esperanza de seguir viva, “sola” pero viva.
Los gritos cesaron y la oscura figura se ocultó bajo las sobras del callejón desolado, dejando tras de sí un silencio aún más sobrecogedor. Tendido en el suelo dejó un cuerpo desmadejado, en una postura antinatural, en su cara se reflejaba el sufrimiento y el horror. Sus ojos inyectados en sangre seguían aún abiertos, sin vida, miraban en la dirección de la niña. No quedaba nada en ella, tan solo era una carcasa vacía y seca… le habían usurpado lo más valioso de un ser humano…. su SANGRE… su ALMA
La niña comprendiendo que todo había concluido, aún así, siguió sin moverse con la mirada fija sobre aquello. Su frágil cuerpo no respondía, agarrotada y entumecida observaba incrédula. No reconocía lo que veía, aquella cara dulce y cariñosa que veía todas las mañanas cuando se levantaba había desaparecido, la sonrisa que iluminaba su vida, se había convertido en un grito ahogado. Esos ojos que la miraban con adoración ahora reflejaban súplica… aquello que tenía antes sí, ya no era su Madre….
Sola, sin nadie a su alrededor, sin saber que hacer…poco a poco su cuerpo tomo constancia de todo lo que la rodeaba, comenzando a temblar. De sus pequeños pulmones luchó por salir el poco aire que había contenido en un sollozo y finalmente se desmayó.